Skye es la mayor de las Hébridas Interiores, una isla recortada, hecha de penínsulas, de unas cincuenta millas de largo y tan hendida por las rías que ningún punto queda a más de cinco millas del agua salada. Su paisaje se presenta en dos grandes escenarios. Al norte, la península de Trotternish es un inmenso corrimiento de tierras antiquísimo que ha dejado tras de sí los pináculos del Old Man of Storr y las extrañas terrazas del Quiraing. Al sur, los Cuillin —una herradura de picos negros y dentados— forman la cordillera más exigente de Gran Bretaña.
Durante décadas Skye fue un lugar para escaladores y algún que otro romántico. El cine, las redes sociales y el puente lo han cambiado, y en verano esta isla de unos 13 000 habitantes es uno de los lugares más concurridos de las Tierras Altas. Sigue siendo magnífica, pero recompensa a quienes reservan alojamiento con meses de antelación, llegan a los sitios famosos antes de las 9:00 o después de las 17:00 y dejan margen para que el tiempo haga lo que suele hacer.
Lo imprescindible
- La subida a pie al Old Man of Storr
- El paisaje de otro mundo del Quiraing
- Las Fairy Pools al pie de los Black Cuillin
- El atardecer en el faro de Neist Point
- La villa portuaria de Portree y el castillo de Dunvegan
- Un barco de Elgol a Loch Coruisk y un dram en Talisker



Cuánto tiempo quedarse
Dos noches —que dan un día completo— son el mínimo imprescindible, y tres son mucho mejor: un día para Trotternish, otro para las Fairy Pools, Talisker y Neist Point o Dunvegan, y uno de reserva por si hace mal tiempo o para una salida en barco. Una excursión de un día desde Inverness te enseña lo más destacado al galope.
La mejor base
Portree es la base más cómoda, céntrica para el norte de la isla y, con diferencia, la que más restaurantes tiene. Broadford queda a mano del puente, de Elgol y del sur; Dunvegan y Carbost convienen para el oeste; Sligachan es el cruce de caminos de los montañeros. Te alojes donde te alojes, reserva lo antes posible.



